Como estoy leyendo estos días a Nikolái Leskov, se hace imprescindible volver a leer el hermoso ensayo de Walter Benjamin, 'El narrador', escrito en 1936 para tratar de desentrañar el arte de este escritor ruso.

 
Benjamin decía por entonces que se estaba perdiendo el arte de narrar.
Tras un siglo de primacía de la forma novela, cada vez era más difícil encontrar narradores antiguos, bien narradores orales, bien narradores que al escribir lo hicieran con fidelidad a las formas artesanas de la tradición, y relacionaba esa desaparición con la pérdida de la facultad de intercambiar experiencias.
Verdaderas experiencias.


'La experiencia que se transmite de boca en boca es la fuente de la que se han servido los narradores.
Y los grandes de entre los que registraron las historias por escrito, son aquellos que menos se apartan, en sus textos, del contar de los numerosos narradores anónimos'.

 
Es como si Benjamin, cuya escritura en gran medida fue también fragmentaria y dispersa, vinculara la pérdida de la narración con la pérdida de la visión unitaria de la vida, como si previera la degradación general del 'sentido de la vida' en la sociedad occidental, la mediatización de la experiencia, la banalización, la serialización, la fragmentación, el olvido de la épica, la desaparición de los grandes relatos, la industrialización de la narración (el cine, la televisión). 

Pero hoy hay más narraciones que nunca, acribillamos y somos acribillados a narraciones por todos lados, ninguna de ellas nos explica la vida en su totalidad pero no dejamos de contar y de oír cuentos.
Me pregunto qué diría Benjamin de la proliferación actual de narraciones.
De la necesidad actual de narraciones que nos lleven de la mano en mitad de la incertidumbre.


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Benjamin distingue dos tipos básicos de narrador clásico: el que regresa de un viaje (Ulises, Simbad, Jonás, Marlow) y el campesino sedentario que conoce las historias de su lugar de origen (Macondo, Yoknapatawpha, Celama, Obaba).
Si el narrador viajero (el marino) trae en su relato peripecias de los espacios lejanos, el narrador sedentario (la tejedora) conoce y transmite las peripecias del tiempo, el pasado.

 
El marino y la tejedora son sabios, es decir, transmiten experiencia moral e indicaciones prácticas sobra la vida.
Pues el arte de la narración es un arte útil.
El que narra tiene consejos para el que escucha.
'El consejo es sabiduría entretejida en los materiales de la vida vivida'.


El arte de narrar se aproxima a su fin 'porque el aspecto épico de la verdad, es decir, la sabiduría, se está extinguiendo'.
Y Benjamin es tan lúcido como para no ver en este proceso ninguna decadencia o ninguna nostalgia de los viejos tiempos: simplemente la narración se ha desplazado lejos y fuera de lo oral, haciendo sentir 'una nueva belleza en lo que se desvanece'.

 
La tejedora, el marino, el maestro, el sabio, el artesano necesitaban del aburrimiento para transmitir experiencia.
'El aburrimiento es el pájaro de sueño que incuba el huevo de la experiencia'.
Ya no hay narradores porque desapareció el aburrimiento, porque el aburrimiento fue sustituido por el entretenimiento constante, y el silencio fue sustituido por el ruido de fondo, por el chisporroteo eléctrico, y el recogimiento se convirtió en movimiento continuo.


El narrador viejo, ese que Benjamin creía perdido para siempre, recurría a toda una vida, 'una vida que no solo incorpora la propia experiencia, sino también la ajena.
En el narrador, lo sabido de oídas se acomoda junto a lo más suyo.
Su talento es el de poder narrar su vida y su dignidad: el narrador es la persona que permite que las suaves llamas de su narración consuman por completo la llama de su vida...'
 
Este texto de Benjamin no se cierra nunca, no deja nunca de supurar ideas, exige leerlo despacio, desentrañarlo, rebatirlo, adaptarlo al presente y volverlo a leer.
Me interesa, por ejemplo, su confrontación entre información y narración.
El nacimiento de una nueva forma de comunicación llamada 'información' en el siglo XVIII resultó, según Benjamin, una amenaza mucho mayor para la narración que la propia novela.


'La escasez en que ha caído el arte de narrar se explica por el papel decisivo jugado por la difusión de la información'.
La información exige una inmediata verificabilidad.
La narración recurre a menudo a los prodigios.
La información 'cada mañana nos instruye sobre las novedades del orbe.
A pesar de ello somos pobres en historias memorables'.
Pues la información exige ser nueva constantemente.
Vive en el instante, se agota en el instante.
La narración, sin embargo, no se agota nunca.
La narración no explica, simplemente cuenta.
'Porque la mitad del arte de narrar radica precisamente en referir una historia libre de explicaciones'.

Fuente: Tendencias21 >> lea el artículo original